El título de esta entrada ya os hará imaginar de que tratará toda esta reflexión nocturna que me entró.
En efecto, me acorde del mar y de la arena, de la playa. Sí, sí, ese lugar maravilloso dónde vamos a refrescarnos y a pasar el día en verano. ¿Qué mejor remedio hay contra la calor que un buen chapuzón en el agua? ¿Y ese helado, más caro que tu vida, derritiéndose mientras clavas tu mirada en el mar? Pequeños placeres de la vida.
Como buena habitante cercana a la costa, desde pequeñita mi verano iba fuertemente relacionado con la playa. Día que salía el sol, día que me encontraba jugando en la orilla.¡ Dios, cómo me gusta jugar con la arena mojada! Pasaba la tarde cavando en la arena ,con mi palita del Todo a Cien, esperando llegar al centro de la tierra; o contruyéndome "piscinas" cerca de la orina rodeadas de un muro "irrompible" arenoso. Mi madre la mar de contenta, no tenía que aguantarme durante unas cuatro horas; excepto a la hora de la merienda, eso era sagrado. Cuando no andaba con mi faceta arquitectónica me escapaba al agua a saltar las "megas" olas blanca que venían amenazantes hacia mí.¿Qué hacía yo para salvaguardar ese peligro? Saltar.
Aunque, lo que más me gustaba era cuando mi hermana me llevaba con ella más lejos allá de donde no daba pie y me enseñaba como bucear por debajo de la ola cuando venía, estas aquí era mucho más peligrosas y fuertes obviamente, o me agarraba e íbamos nadando a coger la ola antes de que rompiera. Eso me encantaba. La ola me elevaba y me sentía superior a todo lo que me rodeaba. A día de hoy es la sensación que más me gusta del mundo.
A medida que fue pasando el tiempo, mi compañía y mi forma de ir a la playa varió. Pasé de ir con mi madre en el coche a coger el bus a primera hora de la tarde con mis amigos. Las personas, el transporte y mi cuerpo cambiaron pero, mi forma de ver la playa, no. La mayoría de las personas de mi edad pasan el día tomando el sol y charlando. Yo aún sigo sumergida en mi idea de que la playa en para jugar. Soy hiperactiva, que le voy hacer, a mí dame unas palas o una pelota y ya estoy más feliz que Falete delgao.
En cuanto mi relación con el mar, siguió sin ninguna modificación, es donde paso la mayor parte del tiempo. Zambulléndome bajo las olas e intentando cazar aquellas que aún no rompieron para elevarme con ella.
El mar. Me encanta, es un regalo de la vida.Su fuerza y belleza es inigualable. Nunca es igual. Su ritmo, el oleaje, te transporta a otra dimensión. Es mi fascinación, y mi mayor fuente de inspiración, su dulce salado olor. Sin él no podría vivir.
Volviendo al tema principal, estoy deseando que lleguen las vacaciones para volver a mi santuario veraniego.
Junio, gracias por no defraudarme, devolviste el mar y la arena.
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