miércoles, 22 de mayo de 2013

Young, wild & free

Tenía la vida que todos querían tener. Una familia perfecta. Dinero. Amigos. Todo que deseaba lo poseía.
Su vida transcurría entre fiestas, whisky y humo. Hacía lo que quería. Nunca le castigaban. La vida que todo joven deseaba. Se mostraba siempre alegre, con una sonrisa de oreja a oreja. Sus amigos la adoraban. Siempre iban a su casa para ir a la piscina o ir echar unas partidas al billar. No había fiesta donde no fuera invitada. Los chicos soñaban con tener algo con ella. Era muy fácil vivir así.
Llegaba el viernes noche y se dirigía a su fiesta número 1.003. La esperaba otra de sus noches. Música a rabiar. Alcohol. Tabaco, y lo que no era tabaco. Su paraíso. Su hábitat natural. Su vida.

Una noche, un sábado noche, ella se dirigió al pub de moda dónde la esperaban todos. Iba tranquila con sus amigas charlando por la calle. Cada cual más espectacularmente arreglada que la anterior. Entre risas, cotilleos y más bromas, llegaron a un semáforo en rojo. Fue cuando lo vió por primera vez.
Se encontraba al otro lado de la calle apoyado en un muro. No pudo retirar su mirada de él. El semáforo se puso en verde,cruzaron. Él no dejó de clavar su mirada en ella ni un solo segundo. Algo extraño surgió en ese momento.
Entraron en el pub, sus amigos las esperaban. Ni siquiera se habían sentado cuando les estamparon delante de sus ojos una copa de martini.
Las horas transcurrían bailando, coqueteando, bebiendo y riendo.Pensando en él.
Ella se encontraba en medio de la pista dejando que su cuerpo se moviera al son de la música. Los efectos del alcohol comenzaban a surgir efecto. Estaba mareada y desorientada. El DJ cambió la canción, un nuevo ritmo. Se giró para llamar a su amiga y bailar juntas. No podía creer lo que tenía delante suya. Era él.
No estaba segura si era un sueño o una alucinación. Le sonrió y la cogió de la mano. La llevó fuera. La besó y la arrinconó contra el muro del edificio de atrás. No podía reaccionar. Su cuerpo estaba adormitado. Deseaba estar con él. Tras uno besos más le susurró que le acompañara. Obedeció.
Él le abrió la puerta de un coche. Se subieron. Una oleada de besos resurgieron. Se separó de ella, sacó una pequeña bolsita con polvo blanco. Ella no sabía lo que era. Extendió un poco de polvo en la guantera del coche y le pidió que aspirara por la nariz aquellas cuatro rayas blancas. "No te va pasar nada.Es para pasarlo mejor." Le dijo con una sonrisa encandiladora. Una vez más le hizo caso y aspiró aquel polvillo. Le hacía cosquillas y se echó a reír. La besó y arrancó el coche.
Estaba amaneciendo y la playa se encontraba desierta. Ella se sentía más que viva, no poseía el control de su mente ni de su cuerpo. Comenzó a correr por la orilla gritando. No cesaba de reír sin tener por qué.
Él la observaba desde el coche. Le divertía verla así. Sacó un poco de cocaína y la aspiró. Salió del coche y la buscó. Se echó a reír. Pensaba que se había escondido. La buscó por toda la pequeña cala. Nada ni nadie respondía su llamada. Solo rompía el silencio el son de la olas rompiendo ferozmente cerca de la orilla. Se asustó y le gritó que no le hacía gracia ese juego. Nada. Desesperado miró al mar. Visualizó algo flotando cerca de la rompiente de la olas. Se acercó a la orilla aliviado. Estaba nadando. Su sonrisa rápidamente se nubló. Una gran ola arrastró el cuerpo inmovil a la orilla. Todo su cuerpo se estremeció.

Ella era joven, salvaje y libre.

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